En el siglo XIX la Costa del Sol vivía de la pesca. Por aquel entonces las sardinas eran muy baratas y suponían un alimento habitual para la gente humilde, sobre todo para los pescadores. Ellos ya tomaban las sardinas en forma de espetos, pero ¿sabías que el origen del ‘boom’ de esta cultura data de un capítulo entre el rey Alfonso XII y los pescadores de El Palo?

A finales de siglo, El Palo, hoy en día convertido en un barrio de Málaga capital, era un pueblo de pescadores en pleno auge económico. Con la llegada del tranvía y el tren, los andaluces de otras zonas empiezan a trasladarse a este pueblo para disfrutar del verano. Es en esta época cuando Miguel Martínez Soler, “Migué el de las sardinas” abre su famoso bar en la playa: “La Gran Parada”. Fue el pionero de los chiringuitos en la Costa del Sol y fue Miguel quien empezó a pinchar las sardinas en un trozo de caña y ponerlo en la arena junto al fuego, porque es en la playa donde al calentar el pescado adquiere el olor de la brisa marina, donde se “amoraga” (que en árabe significa “abrasar”). Esta cultura de sol y playa empezó a popularizarse muy rápidamente, hasta el punto de que atrajo a figuras de mucha influencia, que quisieron comprobar de qué iba aquello del ‘veraneo’, como el rey de entonces, Alfonso XII.

 

espetos amoragados

 

Habría que ver la cara del rey cuando Miguelito el de las sardinas se dirigió a Su Majestad corrigiéndole en su forma de probar las sardinas. «Asín no, majestá…» Esa fue la expresión que aporta el historiador Fernando Rueda en sus trabajos sobre los orígenes de la gastronomía. «Asín no…» le dijo Miguelito, que nunca podía imaginarse que su corrección al rey aquel enero de 1885 iba a formar parte de la historia. La corrección vino porque al disponerse a comer los espetos, lo primero que hizo el rey fue seguir sus modales y coger cuchillo y tenedor. «Con los deos», fue la recomendación del pescador y cenachero malagueño al rey, que no se dejó llevar por prejuicios y siguió las indicaciones del pescador.

El pescado se fue popularizando aún más a raíz de este capítulo y se estableció el oficio del cenachero, llamado así porque transportaba el material en cenachas, que eran cestas de mimbre destinadas al transporte de los alimentos y que se colgaban de los brazos. El cenachero fue, pues, una figura de la Costa del Sol hasta que desapareciera el oficio. La historia lo refleja así con una estatua a los cenacheros en la Plaza de la Marina, que tiene una poesía grabada:

Allá van sus pescadores
con los oscuros bombachos
Columpiando los cenachos
con los brazos cimbradores.
Del pregón a los clamores
hinchan las venas del cuello:
Y en cada pescado bello
se ve una escama distinta,
en cada escama una tinta
y en cada tinta un destello.

(Salvador Rueda)

No es la única estatua a la memoria de lo cenacheros, ya que en Alabama (EEUU) hay otra que se envió desde Málaga a causa del hermanamiento de ambas ciudades.

cenachero

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